Ikigai en el eCommerce, buscando el propósito de nuestro negocio
Muchos eCommerce funcionan.
Algunos venden bien durante un tiempo.
Muy pocos saben por qué existen y, sobre todo, por qué deberían seguir existiendo mañana.
Y no, no hablo de propósito de marketing ni de frases bonitas para la página “Quiénes somos”.
Hablo de algo más incómodo, pero infinitamente más útil: alinear lo que haces, cómo lo haces y por qué alguien debería pagarte por ello.
Aquí es donde el concepto de Ikigai deja de ser filosofía y empieza a ser una herramienta de negocio.
El Ikigai aplicado al eCommerce (sin romanticismo)
El Ikigai se suele explicar como la intersección de cuatro elementos:
- Lo que te gusta hacer
- Lo que haces bien
- Lo que el mercado necesita
- Aquello por lo que están dispuestos a pagarte
Cuando uno de estos falla, el eCommerce cojea.
Cuando fallan dos, sobrevive a base de esfuerzo.
Cuando encajan los cuatro, el negocio gana coherencia, foco y resiliencia.
En digital —y especialmente en B2B— esto no es un lujo. Es una ventaja competitiva.
1. Propósito: sin conexión real, todo pesa más
Muchos eCommerce nacen por oportunidad:
“Este producto tiene demanda”, “este nicho está creciendo”, “este proveedor deja margen”.
Nada malo en ello. El problema aparece cuando no existe conexión real con el problema que se está resolviendo.
Cuando no hay propósito:
- el marketing se vuelve mecánico
- la mejora continua se abandona
- el proyecto depende únicamente de precio y volumen
En B2B esto es especialmente crítico. Si no entiendes el día a día de tu cliente profesional —sus fricciones, sus errores recurrentes, sus pérdidas de tiempo— acabarás compitiendo como uno más.
El propósito no es postureo.
Es comprensión profunda del problema que atacas.
2. Valor: tu verdadera fortaleza no siempre está en el catálogo
Uno de los errores más comunes es confundir producto con valor.
Hay eCommerce cuyo mayor activo no está en lo que venden, sino en:
- cómo integran pedidos con el ERP
- cómo reducen errores humanos
- cómo simplifican procesos complejos
- cómo automatizan compras recurrentes
- cómo asesoran antes de vender
Eso también es producto, aunque no tenga SKU.
Cuando no sabes dónde aportas valor de verdad, copias funcionalidades.
Cuando lo tienes claro, diseñas el negocio alrededor de esa fortaleza.
3. Necesidad real: el mercado no te debe nada
Aquí se rompen muchos proyectos “con alma”.
Que algo te motive no significa que el mercado lo necesite ahora.
Y el mercado, simplemente, no perdona esto.
Preguntas incómodas, pero obligatorias:
- ¿Qué fricción concreta elimino?
- ¿Qué pierde hoy mi cliente en tiempo, dinero o control?
- ¿Qué proceso sigue siendo manual cuando ya no debería serlo?
En eCommerce B2B, rara vez el valor está en “comprar online”.
Está en comprar mejor, con menos errores y menos dependencia de personas.
Sin necesidad real, no hay Ikigai que aguante.
4. Negocio: rentabilidad sin culpa
Un eCommerce sin modelo económico claro no es un proyecto con propósito.
Es un experimento financiado por la esperanza.
Aquí entran las preguntas que muchos evitan:
- ¿Dónde gano dinero de verdad?
- ¿Qué clientes me salen caros?
- ¿Qué servicios escalan y cuáles no?
- ¿Estoy vendiendo valor o solo horas y descuentos?
La rentabilidad no mata el propósito.
Lo sostiene.
Cuando el negocio funciona, puedes invertir, mejorar y pensar a largo plazo.
Cuando no, todo el discurso se vacía.
Cuando todo encaja: el eCommerce deja de ir a trompicones
Cuando propósito, valor, necesidad y negocio se alinean:
- la tecnología tiene sentido
- el marketing deja de ser forzado
- el equipo entiende el porqué de las decisiones
- el crecimiento es más estable y menos caótico
El eCommerce deja de ser solo un canal de venta
y se convierte en un sistema coherente, diseñado con criterio.
Eso es el Ikigai aplicado al eCommerce.
Sin mística. Sin humo.
Con estructura y visión.
Reflexión final
No todos los eCommerce deben crecer sin límite.
Pero todos deberían saber por qué existen y para quién.
Si no defines tu Ikigai, el mercado lo hará por ti.
Y normalmente lo hace empujándote a competir solo por precio.
Pensarlo no te frena.
Ignorarlo, sí.